
Labubu, esa criatura con sonrisa de sierra y orejas de conejo retorcidas, se ha infiltrado en el imaginario pop global sin pedir permiso. Su origen no está en una campaña de marketing calculada, sino en los cuentos ilustrados de Kasing Lung, un artista hongkonés con fijación por los monstruos dulces y la infancia torcida. Labubu no nació para gustar: nació para ser raro. Por eso gustó.
Pero lo que empezó como personaje de papel, pronto se transformó en vinilo, en peluche, en resina. Y sobre todo, en una obsesión. Porque cuando Pop Mart entró en escena con su sistema de cajas ciegas, el juego cambió. No compras una figura. Compras el derecho a jugar. Y eso es adictivo.
Labubu , el muñeco de peluche con dientes afilados y orejas de conejo, se ha convertido en una sensación mundial. Creado por Kasing Lung y producido por Pop Mart, se volvió viral en TikTok, apareció con famosos y ahora vale hasta R$5.000 en el mercado de coleccionistas.
Tras su éxito se esconde un modelo de negocio multimillonario basado en la escasez, el deseo y la interacción. Pop Mart ya ha generado más de 2.300 millones de dólares en ingresos y atrae a inversores que ven el fenómeno como mucho más que una moda pasajera.
Blind boxes, la receta del éxito inicial

Cada caja es una incógnita. Puedes encontrar un Labubu común valorado en unos 20 €, o una edición limitada que en reventa alcanza los 900 €. No es casualidad: las piezas más codiciadas están escondidas en ratios absurdamente bajos. El modelo es claro: escasez artificial, deseo genuino. ¿El resultado? Una economía paralela de coleccionistas, revendedores, sorteos en directo y subastas exprés en grupos privados de WhatsApp.
La estética de Labubu es parte del hechizo. Tiene algo de grotesco adorable, como si Tim Burton diseñara mascotas para pasarelas de lujo. No es raro verlo colgando de bolsos de Balenciaga o acompañando a celebrities como Dua Lipa o Rihanna. No es juguete, es fetiche de diseño. Cada nueva variante –pirata, fantasma, punk, pastel, transparente, tribal– se agota en segundos y reaparece multiplicada por diez en plataformas de reventa.
En China, donde las tiendas de Pop Mart generan colas antes del amanecer, el fenómeno ya ha trascendido lo cultural para entrar en lo financiero. Más de 2.300 millones de dólares en ingresos, cifras que marean a los inversores tradicionales pero seducen a los nuevos. No es una moda: es un mercado. No es nostalgia: es estrategia.
Las más de 300 versiones de Labubu disponibles convierten cada colección en un mapa emocional, donde cada figura representa un logro, una decepción, una búsqueda. Quien entra en este universo, lo sabe: lo importante no es completar la colección. Es lo que ocurre mientras lo intentas.
Y mientras en TikTok se acumulan vídeos de unboxings y gritos de felicidad al descubrir una pieza ultrarrara, lo que queda claro es que Labubu no es solo una criatura de orejas largas. Es un símbolo. De cómo lo raro se volvió valioso. De cómo la sorpresa sigue siendo rentable. Y de cómo un monstruito con dientes de tiburón puede devorar medio planeta… con una sonrisa.
El ascenso de un monstruo de vinilo convertido en fenómeno global
Pocas creaciones consiguen atravesar fronteras culturales con la fuerza de Labubu. Lo que comenzó como un personaje ilustrado de Kasing Lung se ha convertido en un ícono reconocido en Estados Unidos, Reino Unido, Japón, Corea del Sur y Brasil, pese a no distribuirse oficialmente en esos mercados. Este muñeco con dientes afilados y orejas de conejo hizo su aparición en escaparates de exposiciones de arte urbano, campañas de moda y en los bolsos de celebridades durante pasarelas internacionales. Pero su viralización en redes sociales fue el auténtico propulsor: influencers de renombre lo exhibieron como un talismán underground, y en cuestión de semanas se transformó de curiosidad de culto en objeto popular.
Los vídeos de unboxings en TikTok, con multitudes de adultos disputando cajas ciegas, mostraron un fenómeno de masas con tintes de fiebre: colas en centros comerciales, reventas espontáneas en grupos privados y auténticas “batallas” por la pieza rara. En un episodio extremo, se suspendieron temporalmente las ventas presenciales en varias capitales europeas después de que los locales se vieran colapsados por el público. Más allá de la incomodidad, esa medida reforzó la percepción de exclusividad y alimentó la leyenda: lo que no puede comprarse con facilidad se anhela con más intensidad.
El poder de la caja ciega y el imperio multimillonario

En el corazón de este fenómeno late un modelo de negocio simple pero brutalmente efectivo: la caja ciega. Comprar sin saber qué muñeco aparecerá dentro activa un mecanismo psicológico cercano al coleccionismo de cromos o al azar controlado de un juego. Cada serie incluye variantes comunes, escasas y ultrarraras, con probabilidades tan dispares que asegurar la pieza más cotizada exige decenas de compras. Un Labubu habitual ronda los 20 € por caja, mientras que las ediciones limitadas se revenden por hasta 8 000 € en foros especializados. Esa dinámica no solo dispara la venta oficial, sino que crea un mercado paralelo de reventas y subastas que multiplica el valor de cada pieza.
Pop Mart, la compañía china que popularizó Labubu, ha explotado este modelo hasta convertirlo en una máquina de ingresos crecientes. Con más de 2 100 M € generados solo con su serie Monsters, impulsados por coleccionistas insaciables y esperas interminables, la marca ha demostrado que la combinación de escasez artificial, diseño singular y comunidad digital es un cóctel imbatible. A esos ingresos directos se suman licencias para colaboraciones de moda, eventos exclusivos y una línea de merchandising que abarca desde peluches de gran tamaño hasta camisetas, llaveros y esculturas de resina. Incluso en subastas de alto perfil, una edición especial alcanzó un valor cercano a los 9 500 €, con casi un centenar de pujas, consolidando a Labubu como uno de los juguetes más valiosos de la última década.
La cotización de Pop Mart en la Bolsa de Hong Kong refleja esa potencia cultural y financiera. En pocos años, la compañía ha pasado de un proyecto de nicho a una referencia de la industria del coleccionismo global, con un valor de mercado que desafía las predicciones más optimistas de analistas de consumo. No es un logro menor: basta comparar con empresas consolidadas para apreciar la velocidad de su escalada.
Más que un juguete: una oportunidad de inversión
Detrás del peluche de dientes filosos se esconde un modelo de ingresos con márgenes elevados y alta recurrencia. La producción en masa de figuras plásticas de coste unitario reducido, combinada con una tarifa promedio de venta que ronda los 20 €, deja un margen bruto sustancial. El sistema de lanzamientos constantes y series numeradas garantiza un flujo de caja continuo: cada nuevo drop activa una ola de compras compulsivas que no decae.
La fidelidad de los coleccionistas es otro pilar del negocio. Labubu no es una compra puntual: forma parte de una narrativa de comunidad, de un deseo de completar series, de compartir hallazgos en redes y de competir por la pieza más rara. Esa dinámica genera un ciclo de consumo repetitivo y adictivo, alejado de la estacionalidad que caracteriza a otras líneas de juguetes.
Por si fuera poco, Pop Mart despliega barreras naturales de entrada que protegen su posición. Su red de diseño, licencias y producción en Asia, junto con acuerdos con artistas y creadores de tendencia, hace difícil replicar su modelo con la misma eficiencia. La logística internacional, la gestión de colecciones limitadas y el marketing digital focalizado construyen un ecosistema cerrado que refuerza el valor de sus productos.
En un contexto donde la Generación Z y los millennials demandan experiencias de consumo ligadas a la cultura pop y al coleccionismo, Labubu ocupa un espacio estratégico. Se encuentra en la intersección de juguete, moda y arte, atendiendo a gustos que combinan el lujo asequible con la estética underground. Este posicionamiento no es casual: responde a un cambio profundo en el comportamiento del consumidor, que premia la singularidad, la exclusividad y la interactividad social.
Por todo ello, Labubu y Pop Mart deberían estar en el radar de inversores en busca de empresas con escalabilidad real, márgenes sólidos y potencial de fidelización a largo plazo. No se trata de seguir una moda pasajera, sino de entender un fenómeno que ha reconfigurado el mercado de coleccionables y ha demostrado que un muñeco con sonrisa de sierra puede ser, al mismo tiempo, arte, juguete y activo financiero. Y en un mundo donde lo tangible se revaloriza frente a lo virtual, esa es una lección que no conviene ignorar.
El reverso oscuro de la fiebre Labubu
Cuando un muñeco con colmillos y orejas de conejo logra convertirse en fetiche de bolsos de lujo y en objeto de deseo de comunidades digitales, no tardan en aparecer quienes busquen lucrarse a costa del furor. Labubu, esa criatura concebida por Kasing Lung y masificada por Pop Mart, superó en estilo a muchos juguetes de diseño, pero también abrió la puerta a un submundo de estafas que explota su escasez y su energía viral. En países donde no existe distribución oficial —Brasil encabeza la lista— florecen webs que imitan tiendas reconocidas: precios bajos, ofertas relámpago, alertas de stock casi agotado. Basta un clic para entregar datos bancarios y quedarse sin muñeco ni dinero.
El patrón es siempre el mismo. Una promoción que parece demasiado buena para ser cierta —Labubu a 15 € en lugar de los habituales 20—, un temporizador que corre en pantalla, un chat con supuestos agentes de venta. La urgencia obliga a decidir sin pensar. Y una vez hecho el pago, la dirección desaparece, la muñeca nunca llega y los datos quedan a merced de la red. Esta dinámica no solo castiga al comprador desprevenido, sino que erosiona la confianza en quienes siguen fieles a Pop Mart. Porque, en realidad, la fuerza de Labubu radica también en la transparencia: mantener canales oficiales claros, direcciones genuinas y una política de reventa controlada.
Labubu versus Lafufu, el choque de dos estéticas
¡FAKE! No todo aquel que pisa la tienda de cajas ciegas busca al mismo monstruo. Entre novatos y veteranos existe una confusión frecuente: Labubu y Lafufu comparten nombre con ritmo parecido, pero divergen en personalidad y mercado. Labubu es el “monstruo adorable” retorcido: dientes afilados, mirada traviesa y un aire perturbador que remite a criaturas de bosques encantados. Su versión vinilo o peluche siempre conserva esa tensión entre lo lúdico y lo oscuro, capturando la atención de coleccionistas que valoran piezas con filo narrativo.
Lafufu, en cambio, vive en otra órbita. Rasgos redondeados, ojos grandes y ternura explícita, su estética responde al canon “kawaii” japonés. No hay filo ni sombra, solo color pastel y formas suaves. Esto atrae a un público diferente: quienes buscan calmantes visuales en sus juguetes, piezas que acompañen al día a día sin cuestionar, al contrario que Labubu, que interroga con su sola presencia. Esa distinción de identidades también se traduce en mercado: el valor de reventa de una figura de Labubu puede triplicar el de Lafufu, precisamente por su aura de escasez y su nicho de coleccionistas hardcore.
Las estafas digitales se aprovechan del furor de la muñeca Labubu: ¡cuidado!

El enorme éxito de la muñeca Labubu, que ha conquistado a celebridades y coleccionistas de todo el mundo, también ha llamado la atención de los estafadores digitales. En Brasil, donde el producto no se vende oficialmente, los delincuentes están creando sitios web falsos que imitan tiendas legítimas para engañar a los compradores y robar datos bancarios.
Estas estafas utilizan precios muy por debajo del valor de mercado y tácticas de presión, como ventas relámpago y mensajes urgentes, para engañar a las personas y lograr que realicen compras rápidas e irreflexivas. Además de perjudicar a los consumidores, esta situación genera incertidumbre entre quienes siguen el mercado de Pop Mart, la empresa que fabrica las muñecas.
Para evitar caer en trampas, lo mejor es comprar solo en canales oficiales, revisar cuidadosamente la dirección del sitio web y desconfiar de las ofertas que parecen «demasiado buenas para ser verdad». Mantener la transparencia y el control de las ventas ayuda a proteger la marca y garantiza un crecimiento sólido y seguro para quienes siguen este mercado.
Más allá del juguete: lecciones de un fenómeno rentable

El recorrido de Labubu —de personaje de cuento a accesorio de alta costura— resume en buena medida la nueva era del consumo cultural. Comprenderlo supone ver más allá de un muñeco peludo. Pop Mart construyó un ecosistema donde la sorpresa de la caja ciega, la estética única y la viralidad digital funcionan como engranajes de una maquinaria de ingresos recurrentes. A unos 20 € la caja, con picos de 900 € en ediciones especiales, el modelo ha generado miles de millones de euros en ventas, licencias y colaboraciones de moda.
Para quien observa desde el sector financiero, Labubu es un caso de estudio en fidelización y monetización. El consumidor no solo compra una figura: entra en una comunidad, comparte hallazgos en redes y acepta la ruleta de la compra repetida en busca de la versión más rara. Esa lealtad se traduce en episodios de ventas masivas, colas en tiendas emergentes y un valor de marca que se aprecia en la bolsa de Hong Kong. No es un simple capricho: es un activo cultural con barreras naturales de entrada, protegido por derechos de diseño, licencias artísticas y un seguimiento global.
La viralización en TikTok, Instagram y otras plataformas refuerza el fenómeno. Vídeos de unboxings, comparativas y pujas en directo alimentan el deseo. En lugar de un spot publicitario, son millones de creadores generando contenido orgánico, recomendando sin recomendación, evocando un miedo a quedarse fuera (FOMO) que impulsa el ciclo de compras. Aquí reside la lección: en un mercado ultraconectado, lo intangible —la emoción de descubrir el muñeco escondido— vale más que lo tangible.
En suma, Labubu ejemplifica la convergencia entre diseño, tecnología de consumo y comportamiento humano. Su éxito recuerda que, en el mercado actual, el valor no está solo en lo que se vende, sino en cómo se vende y en la historia que envuelve al producto. Aprender de este caso puede iluminar estrategias de branding y negocios, no solo en juguetes, sino en cualquier sector en que la exclusividad y la narrativa compartida sean palancas decisivas de crecimiento.





